Allá por el año noventa y cinco se rueda una película que se convierte en un referente en cuanto a lo que cine romántico se refiere, llamada los Puentes de Madison, de sus diálogos podemos sustraer grandes frases, pero algo hizo" click" en mi cabeza, cuando de boca de de Clint Eastwood escuchamos “no quiero necesitarte porque no puedo tenerte”, quizás nuestro afán de autosuficiencia se deba simplemente a eso, a la incertidumbre de no saber si podremos disponer de lo que se nos hace indispensable sin darnos cuenta.
Nos pasamos la vida reclamando nuestra identidad, nuestro espacio y nuestra independencia, hay quién se busca una bonita coraza de acero inoxidable y fácilmente visible, otros , infinitamente retorcidos, nos mostramos hasta sensibles a ojos de los demás pero nos rodeamos de un campo de seguridad de círculos concéntricos, empiezas teniendo uno y acabas pareciendo un jodido acertijo de percepción visual.
Alimentamos con pobres pretextos nuestra inclinación hacia la autoprotección excesiva, siempre alegando que nos han herido y por eso nos convertimos en alimañas desconfiadas que cazan y duermen en solitario. Entonces aparece alguien, cuyas intenciones quedan muy lejos de las de hacernos daño, una persona que acaricia con cuidado nuestra coraza o da vueltas hasta la confusión en nuestro circulitos con la esperanza de que seamos nosotros mismos los que los rompamos, para darle una oportunidad a su sonrisa y permitirnos el lujo de flaquear por su efecto Pero ¿para qué darle un voto de confianza a quien no intenta forzarte sino simplemente desea tocarte a ti y no a toda esa cantidad de autocompasión y frialdad que nos empeñamos en llevar a cuestas?
En un alarde de lucidez insólito, a veces , hacemos acopio del coraje suficiente para permitir a otro ser humano que nos acompañe, se conocen casos en los que incluso alguien se ha mostrado débil y quejicoso cuando hay otra persona delante, es increíble lo que pueden lograr algunos valientes. Si todo funciona, hacemos de su compañía una constante, de su olor algo familiar y de su tacto un bálsamo. La costumbre indefectiblemente nos lleva a querer amistosamente, amar o puede que hasta odiar a esa persona, pero queridos, estas tres variantes conllevan un sentimiento muy aterrador, la necesidad.
No hay ábaco suficientemente poblado para llevar la cuenta de las veces que he tratado de mostrar a alguien muy querido que no lo necesito, son demasiadas las ocasiones en que no he llegado a marcar su número cuando el simple hecho de escuchar un par de expresión que le fueran propias me hubiera alentado para hacer cualquier cosa que tuviera pendiente. A veces me limito a abrazar sin palabras, a creer que un SOS dibujado en las pupilas es suficiente para pedir que se quede, matando el tiempo, un rato más, aunque sea solo a aspirar el mismo aire, porque el dióxido de carbono que emana se me hace mucho más respirable que todo el oxígeno que una estancia pueda albergar cuando dispongo de éste para mi solita.
Ahora desearía cortarme la lengua por haber proclamado con orgullo que no necesito a nadie, autosuficiente, sí señores. Aun más necia soy al enfadarme cuando alguien se toma en serio esa gran mentira, o cuando me dan de mi propia medicina y me comunican abiertamente que no soy imprescindible. Toca comerme mis palabras sin aliño, en este preciso momento, cuando el cinismo se me agota y la combinación Sabina y humo no da resultado y todo lo que necesitaría es compartirla con otro, sin grandes hechos, ni conversaciones, sólo con algo de calor humano y la seguridad de no estar sola y aturdida en la noche.
